En marzo pasado una de las fundadoras de Discolocas me invitó a participar en el fanzine que estaban construyendo con motivo del cuarto aniversario de ese colectivo musical. El texto que escribí es una historia resumida de mi amor por la música y cómo ese amor me ha ayudado a sobrevivir y conocer gente desde que empecé a vivir en NYC. Comparto el texto en el blog sabiendo de antemano que mucha gente no lo leerá en el fanzine. Que disfruten!
SIGUIENDO LA MÚSICA
Desde que llegué a vivir a New York City (NYC), he utilizado mi amor por la música para motivarme a salir, conocer nuevos lugares, personas y, por
supuesto, nuevos sonidos.
supuesto, nuevos sonidos.
En mis primeros dos años en NYC, me sumergí en lugares donde los no latinos se reunían para bailar salsa salon o rueda, al ritmo de una orquesta o de un DJ -aunque prefiero selectoras/es en vez de DJ. Fue difícil acostumbrarme a bailar de esa forma pero disfrutaba mucho la música que colocaban, me hacia pensar que aún estaba en Cali, era una forma de enfrentar la nostalgia.
Al terminar mi convivencia con la persona que me introdujo en esos bailaderos, no latinos y no colombianos, empecé a frecuentar lugares muy colombianos con un grupo de pares que estaban en su etapa de “cazadores”. Ellos me mostraron el lado colombiano de Queens y los lugares donde uno puede sentir y creer que aún vive en el terruño, gracias a la decoración del sitio, a la gente que los frecuenta y a la música que colocaban—o colocan, de pronto todavía existen. Estos compañeros de rumba fueron también los primeros que me introdujeron a Bembe y otros bares y restaurantes de Brooklyn (BK), donde sonaba la salsa y se presentaban grupos de música conformados por compatriotas que tocaban
ritmos del Caribe o del Pacífico colombiano.
ritmos del Caribe o del Pacífico colombiano.
El amigo más cercano de ese grupo debió dejar NYC de forma aparatosa, con lo que llegó el final de mi trasegar con ese parche, aunque años después me encontraría con uno de ellos, pero en otro contexto. Por aquel entonces, frecuentaba la casa de una pareja en Teaneck, New Jersey, que hacía varias fiestas al año y donde asistían personas de muchas procedencias. En una de esas fiestas conocí a un new yorker muy caleño que producía música electrónica. Con él empecé mi etapa Tecno en la ciudad. Con este pana conocí bares y discotecas en BK donde se cocinaba una escena electrónica compuesta por DJs, hombres y mujeres, muy jóvenes, latinos y no latinos, que inyectaban mucha energía a la noche de NYC. Mientras estaba siguiendo esta música, también empecé a ir a conciertos de bandas alrededor de la ciudad, lo que me permitió salirme de la burbuja de músicas latinas y conocer nuevos ritmos y géneros.
Tras unos años de voltear por la noche electrónica newyorkina con mi joven amigo DJ, su familia decidió irse a vivir a Chile, así que mi contacto con este tipo de música y rumba se volvió intermitente, por otro lado, la noche ya me pegaba diferente, por lo que ajusté mis hábitos nocturnos.
En esa época, empecé a participar en un proyecto de la biblioteca de BK que me permitió empezar a construir el primer número del magazín Sursystem (SSyS) nacido en NYC. Gracias al magazín, llegué a una feria producida por Barrio Collective, en esa primera feria que se transformó en un fiesta mientras transcurría la noche, vi un montón de personas colocando música, algunas eran mujeres reclamando un espacio para difundir sus gustos musicales y además sentar un precedente, que honestamente, no había visto en la rumba salsera. Todos esos espacios de rumba latina en los que había estado, estaban dominados y monopolizados por selectores, algo que contrastaba fuertemente con lo que había visto en la rumba electrónica, donde por lo general siempre había mujeres DJs. Así que ver chicas jovenes, cargando maletas con vinilos y colocado Salsa, Cumbia, Reguetton y muchos otros géneros, me pareció refrescante y justo.
Asistí varias veces a estas ferias producidas por Barrio Collective, y en ellas me di cuenta de un parche de colombianos y colombianas asentados en BK, donde el arte estaba siempre presente y la música era el hilo conductor. Cuando iba a las diferentes actividades que este grupo hacía o promocionaba, la música era protagonista y algunas de sus integrantes siempre reclamaban su espacio en los tornamesas; esa búsqueda de participación constante en la fiesta, hizo que este grupo de mujeres creciera. Ya no era sólo el selector el que imponía el mood en la pista de baile.
Después de once años de vivir en NYC y de recorrer y parchar en diferentes lugares de rumba, es gratificante haber sido testigo del surgimiento de Discolocas. Este grupo de mujeres logró transformar una cultura monopolizada por el hombre. Sí, es un cambio pequeño en una ciudad y cultura inmensas, pero ese pequeño cambio en la cultura de la rumba —y de la música— dentro de esta comunidad es meritorio: fue incentivado por un grupo de mujeres jóvenes migrantes latinas, que, como todos los demás, tienen que sobrevivir dentro de una sociedad muy competitiva, demandante económica y psicológicamente, como lo es NYC. Además, en corto tiempo han logrado abrir espacios en lugares culturales reconocidos como el Lincoln Center y el BAM, donde selectoras latinas de salsa y músicas latinoamericanas no tenían acceso, despejando el camino y siendo el ejemplo para otras féminas inmigrantes que quieran hacer lo mismo. Gracias al encuentro de todas estas mujeres y al amor que le profesan a la música es que hoy tenemos Discolocas.
Salud!
Marcelo Arroyave
Marcelo Arroyave

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